Para terminar la historia del cactus (cuya clase desconozco, por cierto) debo enseñar hoy como me recibió ayer al llegar a casa. La vida es tan corta...
¿Adonde van las señales de tráfico cuando se mueren?
Esta es mi flor de cactus anual. Cada principio del verano una mañana, después de haber sacado ese pedúnculo que al principio parece un extraña falo, se abre de pronto y deja salir un perfume muy denso pero agradable que atrae insectos voladores. Es una flor grande, unos 12 o más cms., blanca con los bordes ligeramente rosados y estambres y pistilos amarillos como se puede ver. Cuando esta tarde, siendo aún de día y con 34ºC de temperatura hoy, llegue a casa ya se habrá doblado y cerrado definitivamente y su pendúnculo irá decayendo en los próximos días hasta abrirse seco y lleno de semillitas. Me da tanta pena su evanescente fugacidad que desde que lo descubrí le hago cada año, al levantarme por la mañana y ser sorprendido por esa belleza, unas fotos que me recuerden lo efímero de la vida. El añó pasado floreció dos veces, tal vez este año me vuelva a sorprender porque la he visto dos excrecencias que podrian ser florescentes. En cualquier caso, miren ¡qué bonita es!.

Nubes negras sobre Madrid, tormentas de verano con cuatro gotas. 
Sigo abstrayéndome y buscando el silencio de las sombras mientras escribo con luz en las paredes del cibercielo. Tengo que recordar a otros clásicos que me hicieron: Klein (ambos, el fotógrafo y el otro, Yves), Ernst Haas, Karhs, Cartier-Breson, Evans, Frank, Atget, Doisneau, Strandt, Weston, Adams, Stieglitz, Brassaï, Alex Webb y otros muchos de los que me iré acordando poco a poco y a los que imito como puedo, sin olvidarme de los pintores que ya cité y algunos arquitectos. 




Ahí estoy yo. A un ladito, casi esquivando la mirada de mi cámara que me ha sorprendido (la muy...) entre los reflejos. Esa obsesión... por los espejos y las sombras que hacen la realidad del mundo , unas veces a la vista y otras como un sueño, una imagen reconstruída por la imaginación trabajando la memoria. Y es que soy un clásico, como Rothko, como Pollock, Newman, Klee, Mondrian... tal vez un poco más, incluso, empeñado en la profundidad del encuadre, la composición, el color y, cuando lo tiene, también el motivo.