
Eran ya las 3 de la tarde cuando he pasado por Cibeles y aún estaban llenos de chupones o carámbanos (que palabras tan bonitas ¿no?) los leones de la fuente de la diosa Ceres de Madrid. Ya solo le caían como frías rastas de un lado de la cara y, arriba, ella tan calentita, ya con el sol en el rostro.














